Un tema de mucho interés para el cristiano hoy en día, particularmente para los jóvenes, guarda relación con la voluntad de Dios, pero específicamente con la voluntad de Dios para sus vidas. En este artículo comparto 4 ideas relacionadas con la voluntad de Dios para la vida del creyente.
1. Es la voluntad de Dios, no la mía
1. Es la voluntad de Dios, no la mía
Parece obvio, pero en la práctica dejamos ver que no entendemos bien la idea. Muchos cristianos el día de hoy declaran querer hacer la voluntad de Dios para sus vidas, pero implícitamente dejan ver que lo que están buscando es una aprobación de Dios en cuanto a las expectativas de vida que cada uno en lo personal tiene. Por ejemplo, en no pocas ocasiones escuchamos declaraciones como:
“Estoy de novio con esta chica para ver si es la voluntad de Dios para mi vida”.
“He decidido ser músico y espero que el Señor confirme que es la voluntad de Dios para mi vida”.
“Me he mudado al barrio prestigioso de la ciudad porque creo que es la voluntad de Dios para mi vida”.
“Renuncié a mi trabajo porque me pagan poco, y es obvio que Dios no quiere eso para mi vida”.
“He decidido ser músico y espero que el Señor confirme que es la voluntad de Dios para mi vida”.
“Me he mudado al barrio prestigioso de la ciudad porque creo que es la voluntad de Dios para mi vida”.
“Renuncié a mi trabajo porque me pagan poco, y es obvio que Dios no quiere eso para mi vida”.
Y se puede seguir citando frases similares, pero la idea es dejar en evidencia que muchas veces ya se ha decidido qué hacer, en base a nuestros propios deseos (lujuria, egoísmo, elitismo, avaricia, etc.), y lo único que esperamos es una especie de confirmación de que eso que decidimos hacer es la voluntad de Dios para nuestra vida. Añadido a esto, tenemos casos en donde simplemente se decide y se declara: “hago esto o aquello porque creo que es la voluntad de Dios para mi vida, después de todo, si no fuera así, ¿cómo me permite Dios hacerlo?”. El problema con todo lo anterior es que disfrazamos la voluntad de Dios con nuestra voluntad, y lo que debemos procurar humildemente, como hijos de Dios, es hacer lo que Dios quiere para nosotros y no lo que nosotros queremos para nosotros mismos. Es su voluntad, y no la mía.
2. Lo que Dios quiere para mí
2. Lo que Dios quiere para mí
Lo primero que debemos considerar como cristianos tiene relación con la idea de qué es lo que Dios quiere, pues como vimos, se trata de lo que Él quiere para nosotros. En contraposición a lo que muchos piensan, la voluntad de Dios para nosotros no es una verdad perdida que se deba encontrar, tampoco es un misterio que se deba descubrir, ni mucho menos un tren que viene de lejos el cual debo “esperar”. Quiero aclarar que entiendo que la Escritura en varias ocasiones enseña a esperar en Dios, y no me refiero a esa idea con lo anterior, de hecho, en esos casos, la voluntad de Dios ¡era esperar!
Lo que Dios quiere para mí, su voluntad para mi vida, está revelado en su Palabra. A continuación, comparto 10 versículos asociados a esto (ver énfasis añadido):
“Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como resultado la vida eterna” (Ro. 6:22).
“Y no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18).
“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones” (Col. 3:16).
“Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; es decir, que os abstengáis de inmoralidad sexual” (1 Ts. 4:3).
“Soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).
“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros” (Jn. 13:34).
“Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no sólo creer en Él, sino también sufrir por Él” (Fil. 1:29).
“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc. 8:23).
“Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:19-20).
“Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).
“Y no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18).
“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones” (Col. 3:16).
“Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; es decir, que os abstengáis de inmoralidad sexual” (1 Ts. 4:3).
“Soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).
“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros” (Jn. 13:34).
“Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no sólo creer en Él, sino también sufrir por Él” (Fil. 1:29).
“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc. 8:23).
“Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:19-20).
“Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).
Esto es lo que Dios quiere para nosotros, que crezcamos en santidad, que seamos llenos del Espíritu, que estemos llenos de su Palabra, que nos apartemos de fornicación, que nos soportemos y nos perdonemos unos a otros, que nos amemos unos a otros como Él nos amó, que suframos por Él, que nos neguemos a nosotros, tomemos nuestra cruz y le sigamos, que imitándole y enseñando sobre Él hagamos discípulos y que absolutamente todo lo hagamos sea para Su gloria. ¿Lo ves?, todo está aquí, ¡está aquí en su Palabra! Estaremos de acuerdo en que al conocer la Palabra de Dios y entender lo que esta demanda de nosotros es difícil obedecerla y aplicarla, imaginemos por un momento la dificultad que tendríamos si Dios nos encomendara también descubrir su voluntad sin revelarla en Su Palabra.
Es clave, como estos textos señalan, ser guiados por el Espíritu Santo en la toma de decisiones para saber qué debo exactamente hacer en lo personal. Es esta voluntad general de Dios de la cual debemos apropiarnos día a día para estar constantemente haciendo Su voluntad. La oración y la meditación en la Palabra del Señor nos ayudarán a decidir, en la guía del Espíritu, no solo entre lo malo y lo bueno, sino entre lo bueno y lo mejor.
Lo que Dios quiere es lo que cada cristiano debe querer para sí mismo, pero como veremos a continuación, muchas veces, tenemos nuestra propia agenda.
3. Lo que yo quiero para mí
3. Lo que yo quiero para mí
Nos preguntamos, ¿qué hay de mis derechos? ¿No tengo derecho a ser feliz? ¿No es esto lo que Dios quiere para mi vida? La verdad es que ante esta pregunta solo podemos responder que un siervo no tiene derechos fuera de los concedidos por su Señor. Hemos sido comprados por precio y le pertenecemos a Dios (Ro. 6:18; 1 Co. 6:19-20). En este mundo en que vivimos somos altamente influenciados a tener un desarrollo personal egoísta que nada tiene que ver con servir al prójimo o a Dios. No escogemos un trabajo pensando en si podremos servir allí a Dios, o si nos permitirá congregarnos fielmente. Pocos cristianos, al mudarse de casa, consideran que haya una buena iglesia en donde puedan crecer y servir. Los jóvenes rara vez se cuestionan si es prudente comenzar relaciones afectivas a tan temprana edad, o incluso si es legítimo tenerlas con inconversos, simplemente se dejan llevar por sus pasiones maquillándolas de amor. A menudo, cuando deben decidir qué hacer con su futuro después de la secundaria, no reflexionan en si Dios se agrada en lo que han escogido estudiar, si hacerlo es una buena mayordomía del tiempo, de los dones y del dinero. Ven la formación profesional como un fin hacia una falsa realización, en vez de verla como un medio para ejercer un trabajo honesto, que permita glorificar a Dios con los bienes y compartir con el que tiene necesidad (Prov. 3:9; Ef. 4:28).
En este mundo cada uno es llamado a ejercer sus derechos, exigirlos, trazar sus propios planes y cumplirlos, en busca de una “garantizada” felicidad. Pensamos que la felicidad consiste en tener muchos bienes, cosa que Jesús negó explícitamente (Lc.12:15). Pensamos que los placeres o deleites nos otorgarán felicidad, o quizás lo hará una posición social de prestigio, pero la Escritura también lo niega. Salomón alcanzó cada una de estas cosas, era el hombre más rico de su época, tuvo todas las mujeres que quiso, disfrutó de todos los deleites que el mundo ofrece y terminó declarando que todo es vanidad y aflicción de espíritu (Ecl. 2:10) y que el verdadero fin del hombre está en temer a Dios y guardar sus mandamientos (Ecl. 12:13).
Animo a los creyentes, que muchas veces hablan de sus derechos y de lo “imposible y utópico” que es en el mundo de hoy negarse a sí mismos y seguir al Señor, a que llevemos nuestra mente y nuestro corazón a los pies de la cruz y allí nos preguntemos, en esa posición, como viendo a los tiernos ojos del Jesús crucificado, al Hijo de Dios ensangrentado y molido por causa nuestra, a Dios mismo manifestado en carne padeciendo por su pueblo: “Señor, ¿y mis derechos? Te darás cuenta que solo nos queda como derecho negarnos a nosotros y servirle.
4. Lo que debo hacer
4. Lo que debo hacer
Hacer lo que Dios quiere para mí es dejar que Dios esté en control. Dios está en control de nuestras vidas en la medida en que nos dejamos guiar por su Espíritu, siendo llenos de él. La evidencia de ser llenos del Espíritu es andar en él y esto se manifiesta cuando no satisfacemos los deseos de la carne (Gá. 4:16), es decir, crecemos en santificación. Una vida de oración es clave para ser guiados por el Espíritu, el mismo Señor dejó ejemplo de esto (Mr. 1:35; Mt. 26:41). Así mismo, la Palabra de Cristo debe habitar en abundancia en nosotros y ser nuestra guía (Col. 3:16; Sal. 119:9,11,105).
Debemos confesar que somos negligentes en la vida de oración y el estudio de la Palabra de Dios por eso muchas veces no sabemos qué es lo que Él quiere. Pensar como Cristo (1 Co. 2:16) es hacer lo que Él haría. Eso se logra estudiándolo a Él, pasando tiempo con Él, como un buen discípulo a sus pies. Todo lo demás es secundario. En cuanto a las cosas que necesitamos Dios las proveerá si buscamos primero a Dios. Todo lo demás será añadido (Mt. 6:33), pues el Señor sabe las necesidades de sus siervos.
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